lunes, 28 de mayo de 2012

‘Cabeza de turco’ de Günter Wallraff


Cabeza de turco es un reportaje del periodista alemán Günter Wallraff en el cual se hace pasar por un turco en la Alemania de los años 80 para demostrar la persecución y la explotación laboral  que sufrían los turcos en el país germánico: no cobraban sus sueldos, les obligaban a trabajar demasiadas horas seguidas (a veces más de un día entero sin pausa), no tenían cobertura sanitaria y no disfrutaban de ningún descanso.

Para llevar a cabo tamaña tarea de investigación, Wallraff se pone en la piel de Alí, un emigrante turco que malvive en la Alemania de postguerra. Bajo esta metamorfosis, el periodista participa en la noticia e influye en ella ya que, progresivamente, se ve emocionalmente implicado en la trama de su investigación. Como el propio periodista afirma, «Me enmascararé para desenmascarar a la sociedad». Esta transmutación de identidad es una de las técnicas recurrentes en el subgénero del periodismo bonzo, que está centrado en las tareas de investigación. Para conocer de primera mano todas las penurias de los obreros turcos, Wallraff pone en peligro su vida en múltiples ocasiones.



A medida que avanza la investigación, el periodista se comienza a identificar con su personaje, Ali. Durante dos años, el periodista vivirá al límite, sufriendo los efectos de una bronquitis pulmonar por su trabajo en una siderúrgica, los efectos secundarios de un experimento clínico y las constantes humillaciones de su entorno solo por el hecho de ser turco. Cabeza de Turco va más allá de ser una denuncia contra la situación de semiesclavitud y xenofobia  a la cual se veían sometidos los inmigrantes en situación irregular en la Alemania de los años ochenta. Es un grito contra una sociedad retorcidamente nacionalista que no duda en menospreciar a los extranjeros y tratarlos con un odio tan irracional como funesto.

El libro se estructura en base a los diferentes trabajos que realiza Alí, el alter ego de Wallraff. Todo empieza con una metamorfosis completa en la que el periodista abandona su identidad para meterse en la piel de un obrero turco en busca de trabajo.  Sus primeros pasos son en una granja donde recibe una demoledora introducción sobre que significa ser un trabajador turco en Alemania. Semiesclavizado, Alí realiza jornadas maratonianas para las que luego no recibe ningún pago. Se le da a escoger entre habitar en unas ruinas o en un coche oxidado al aire libre.

Todavía un poco perplejo con el trato que reciben los turcos en Alemania, Günter Wallraff decide buscarse otro trabajo. Esta vez en un Mc Donals. Allí descubre que el trabajo destinado a los turcos no puede ser solo  un sinónimo de esclavitud, sino que además puede ser tremendamente dañino para la salud. Durante su estancia en el gigante de las hamburguesas, el periodista alemán se topa con momentos tan irreales como peligrosos. Ve con sus propios ojos como sus compatriotas se ensañan con los inmigrantes haciéndoles trabajar en situaciones de acentuado riesgo.

Su investigación  proseguirá tornándose cada vez más dura y descarnada. De la alimentación rápida pasará a la construcción donde se enfrentará a un riesgo laboral, fuera de lo concebible, a las constantes humillaciones de sus compañeros y a la dura realidad de vivir en una sociedad profundamente enferma. Ese paso es duro para el autor en cuyas notas se entrevé el profundo estupor  y horror que le causa el trato de sus compatriotas a los inmigrantes en situación irregular.  Wallraff intentará probar fortuna en todos los trabajos que usualmente desempeñan los turcos en la sociedad alemana. En todos ellos se le tratará de una manera tan dura y cruel, que resulta difícil de creer.

Como Alí, intentará ser acogido en el seno de la Iglesia Católica, pero las negativas de los párrocos, le descubrirán un odio transversal en toda la sociedad alemana. A medida que avanza la narración emerge como un iceberg un odio profundo por parte de los alemanes hacia los extranjeros que se traslada a todos los ámbitos de la vida cotidiana.  Sin embargo, el núcleo de la obra de Günter Wallraff es su periplo por las empresas subcontratadas por parte de las industrias siderúrgicas. Es en esta parte del reportaje, donde se entreve la corrupción, el racismo y los tejemanejes de aquellos para los que el valor de la vida humana se traduce en el dinero que pueden drenarle. Durante sus andanzas con una de estas empresas, el periodista entrará en contacto con un personaje turbio y mezquino, Adler, prototipo de hombre de negocios del sector que a pesar de ser un absoluto canalla goza del respeto de su comunidad.



Es en este intervalo en el que la obra de Wallraff deja de ser una denuncia para convertirse en un grito desesperado. Bajo los hornos de las empresas siderúrgicas, de primera mano, el periodista narra como los trabajadores en situación irregular son coaccionados, bajo pena de despido, para trabajar bajo el frío más inclemente, con un peligro de muerte constante. Y, encima, no consiguen que se les pague su trabajo. Cuando desfallecidos algunos caen enfermos después de jornada de hasta cuarenta y ocho horas seguidas, el jefe los despide y remplaza por otros.  Como Alí, Günter Wallraff se verá sometido a las mismas torturas que sus compañeros en una espiral que le llevará desde los más profundos pozos de carbón a las piscinas de las centrales nucleares. Siempre bajo la omnipresente sombra de la muerte.

Cabeza de Turco es un monumento para el  periodismo de investigación. La suplantación de identidad que llevó Günter Wallraff durante más de dos años bajo unas condiciones ambientales muy desfavorables  y las penalidades laborales que tuvo que arrastrar (muchas de ellas le provocaron serios problemas de salud), son el símbolo de un compromiso total con el oficio y con la sociedad.

La obra es veraz y honesta. El lector tiene la sensación de sentirse transportado a la realidad en la que vivía Alí. Günter Wallraff podría haber caído en el sentimentalismo o en la mitificación del relato. Sin embargo, al leer el texto, breve y conciso, aunque desgarrador, se tiene la sensación de presenciar los acontecimientos en primera persona. Cabeza de Turco no es un texto con unas cualidades poéticas notables, ni con una bella factura, es un relato directo, conciso, pero incluso pese a ello, terriblemente conmovedor. Creo que en cierto modo Cabeza de Turco  también fue una sorpresa para muchos Alemanes. Descubrieron  que tras la pesadilla nazi, todavía había una parte de su comunidad con un odio miope e irracional hacia los foráneos. No en vano, se vendieron dos millones de ejemplares del libro. Todo un fenómeno editorial en el mundo periodístico que demuestra hasta que punto caló hondo el trabajo del periodista alemán.

Tras la publicación del manuscrito, Günter Wallraff logró, en parte, sus objetivos: denuncio una situación bochornosa, pero también cambio la sociedad. Hizo que sus compatriotas se dieran contra un muro que había permanecido durante demasiado tiempo levantado: el de un odio irracional y bovino contra las comunidades extranjeras.


No hay comentarios:

Publicar un comentario