martes, 15 de mayo de 2012

Carrera de ratas: los países de la eurozona actúan como roedores paralizados por el pánico



La Unión Europea era, en sus comienzos, un ideal, tan frágil que moría al ser susurrado. Europa se levantaba de dos guerras que habían asolado la tierra, matado a los hombres y sesgado la esperanza del corazón de los hombres. «Una masa trémula de atormentados, hambrientos, desposeídos y aturdidos seres humanos se encuentran ante las ruinas  de sus ciudades, hogares y escudriñan los oscuros horizontes, temiendo un nuevo peligro, tiranía o terror».  Así, resumió Churchill la situación en un discurso en la Universidad de Zurich poniendo las bases ideológicas de un proyecto que nacía para evitar que se repitiera otra vez una masacre en el continente.

Ahora, la crisis del euro amenaza con destruir la Unión Europea. Los dirigentes de los países de la Unión miran cada uno por los intereses de su país y han olvidado los valores que animaron el sueño de un continente unido, bajo la bandera del interés común. Los gobiernos de los diferentes países del viejo continente están desbordados, perplejos ante la crisis, intentando salvar sus propios pellejos mientras el barco se hunde. Son como ratas luchando por su propia supervivencia, cegadas por el miedo, no actúan con una voz común, con un movimiento uniforme. Es ahí donde reside la fuerza de la Unión.


La falta de cohesión dentro del bloque europeo, provocará  un fuerte desnivel en la situación de los países después de la crisis. Puede producirse una Europa de “dos velocidades”, como parecen querer los dirigentes del eje franco-alemán. Si esto llegará a suceder el vértigo y paranoia que entraría entre los países candidatos  a la segunda liga, podría afectar gravemente a sus políticas internas, pues intentarían a base de tijeretazos colarse en la primera división. En esa espiral vertiginosa de paranoia están muchos países como España, que por miedo a formar parte del grupo de marginados de la UE, está comenzando a sentar las bases del conflicto social  a base de recortes en todos los campos de un estado de bienestar.

Como sabían los antiguos dirigentes de la UE, el proyecto de una zona común es toda una epopeya en pos de la concordia. «La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los que la amenazan», así definió Robert Schuman, Ministro de Asuntos Exteriores de Francia, el duro camino que tendría que afrontar el viejo continente para sanar las heridas que la guerra le había dejado.

Parece ser que los europeos han olvidad ya el sonido de los cañones y el destello mortal del acero que durante toda la historia de esta región han asolado periódicamente a todos los pueblos, sin establecer diferencias en sus cuentas comunes. Europa se fundó bajo el principio de la solidaridad, por encima del beneficio. Los dirigentes de aquella época entendían que una miríada de pequeños países glotones tan solo podían batallar unos con otros, si prevalecía el egoísmo de cada nación, a la larga volvería a salir la locura asesina, tan irracional como ligada a la historia de nuestra tierra.

Para ir hacia la unidad y escapar de la división, hay que recuperar el espíritu de los fundadores de la UE. Unas prácticas que repercuten en el interés de todos los ciudadanos de esa vieja idea, pero nueva realidad que es Europa. Se deben rescatar practicas como las que postulaba Schuman, en uno de los discursos fundacionales de la UE, «la solidaridad de la producción» para «contribuir al nivel de vida y las obras de la paz». Si no se actúa así, Europa tan solo será un conjunto de ratas a la carrera por salvar su pellejo.

El miedo que supura Europa a través de sus acciones y comentarios, espanta a los inversores que se desplazan hacia los BRICS y otros países emergentes, donde las perspectivas son menos inciertas que en la eurozona. La unidad a través de la colaboración, del sacrificio de unos países por otros, y del descenso de la calidad de vida de un propio país en pos  del bienestar del conjunto son las claves de la supervivencia.

Si Europa se muestra tan frágil durante un período convulso, pero no potencialmente mortal está sentando las bases de su debilidad futura. Ahora,  Europa debe creer tanto en ella misma,  como lo hizo  Winston Churchill, que entre puro y puro, proclamaba: «Debe realizarse un acto de fe en el que participen conscientemente millones de familias que hablan muchas lenguas».



De lo contrario, las luchas internas sangrarán lo que ha costado medio siglo construir. Los países ricos avanzarán a un ritmo, los medianos a la pata coja, y los pobres se quedaran colgados. Sería catastrófico porque sentaría un panorama de desigualdades que puede ser un polvorín en el futuro.

Hay un hecho que parece seguro, Europa se enfrenta a un período de recesión similar al de América latina durante los años ochenta, o al de hace dos décadas en Japón. Aceptémoslo y pongámonos a trabajar para reducir la fase de decadencia al intervalo de tiempo más corto posible. Es sin duda, una actitud más sabia que disgregarse como una manada de ratas.

El sueño de Europa no fue concebido para un par de décadas, sino para traer paz y prosperidad a la población durante siglos. No podemos dejarnos llevar por un exceso de miopía y ponernos iracundos y separatistas por una crisis económica, cuando lo que está en juego es la paz de una parte del planeta. Sin duda, la memoria no es una cualidad muy brillante en el ser humano, sino a ver quien se planteaba disgregar la Unión, teniendo presente la larga lista de masacres que han sucedido en los tiempos anteriores a su formación.

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