martes, 10 de marzo de 2015

La jungla de metal


Podríamos decir que Anokou es chatarrerro. O incluso buhonero. Pero, la verdad es que es como un guepardo que patea a toda prisa el hormigón de las calles en busca de su método de supervivencia: la chatarra. Por un duro día de trabajo podrá conseguir algo más de diez euros. Por cada kilo de chatarra que le arranque a los contenedores cobrará 0.18 céntimos. Bienvenido a la jungla de metal. 

Anokou es marfileño y llegó hace siete años a una Barcelona que le ha mostrado su lado más dark. ''La gente piensa que en África todo es selva y animales, pero la auténtica jungla está aquí mismo. Esto es como una jungla de metal. La gente está competiendo a todas horas y se ayudan muy poco''. Dice Anokou mientras se dispone a penetrar en el interior de uno de los contenedores del barrio de Sarria, hogar prototípico del burguesía catalana y escondite de algún antiguo nazi que otro.
 
La recogida de chatarra es muy dura y quema mucho. Aún así, Anokou resiste a pesar de su edad. 



No para un momento: coge, retuerce, abre, levanta y moldea la chatarra con la pericia de un joyero y la rápidez furtiva de quien se saba perseguido; porque si le pilla la policia le puede caer una multa de entre 90 y 750 euros. Mientras acaba de desguazar lo que parece una antigua nevera pasan dos señoronas con abrigo de pieles y le miran con desprecio. Anokou baja la mirada: sabe que ha dado con un depredador poderoso en la jungla de metal y tiene que cortarse. 

Recoge. Empaca. Se va. Con la rapidez eléctrica que le caracteriza, maneja su carrito y vuelve a fundirse en el entramado de calles que hay encima de esa gran barrera entre ricos y pobres que es la Diagonal de Barcelona. Me cuenta que no ha tenido un mal día: ''Hoy estoy contento; he conseguido un kilo de cobre, y ahora está a 5.60, es buen asunto''. Hoy se irá a casa con algo más de 15 euros por recorrer durante todo el día la ciudad para reciclar la chatarra que nadie quiere. Con la paranoia constante de que le pille la pasma y le ponga una multa. 

Sospecho que empieza a arrepentirse del rato que hemos caminado juntos. En su cara veo miedo y un atisbo de rabia colándose entre sus cansados ojos negros. Rabia por tener que partirse el lomo cada día para apenas poder comer. Rabia porque le persigan por recoger lo que la gente no necesita. Rabia por lo que tenía que haber sido una vida llena de comodidades, se ha convertido en una lucha a cuchillo. 
Lo veo alejarse a través de una Diagonal iluminada por una puesta de sol de amarillos positrónicos que refulgen en las chapas de los edificios. Y me pregunto si esta ciudad es una colmena que avanza hacia algún puerto desconocido del diseño y la tecnología, y que en arras de eso pone a sus habitantes contra las cuerdas.
 

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