domingo, 28 de junio de 2015

Profetas del neón: los mesías del siglo XXI


El beat llama a la noche, mientras los haces de neón recortan la orografía ibicenca. Llega la hora del culto: los deejays suben a su púlpito de metacrilato para comenzar la liturgia electrónica. Y los feligreses apuran sus étilicos cálices para comulgar con los nuevos mesías del fluorescente. Las luces positrónicas barren grandes factorías, convertidas en el templo de la auténtica religión del siglo XXI: la cultura clubber. Ibiza es su Meca, donde los profetas del neón se reúnen cada verano.

  


Su tierra sagrada se extiende casi 600 km², y parece navegar surcando aguas que oscilan entre el zafiro y el turquesa; siempre bajo una luz cegadora dispuesta a fundirte las córneas. Como en todos los lugares donde ha nacido una religión de masas, hay una luminosidad refulgente, preparada para electrificar tu lóbulo temporal (donde se ubican las creencias religiosas). Que, utilizada por los magnates de la noche, ha convertido a la 'isla' en pavimento sagrado para hordas de fieles clubbers.

Los profetas del neón: 'ministros' de la nueva religión
Los focos de las grandes discotecas barren la isla cada noche, invitando a los peregrinos a una nueva catarsis electrónica. La mayoría llegarán en grandes grupos desde los suburbios costeros de la isla, donde se repliegan para embriagarse antes del culto. Y allí, en estas grandes factorías de música en cadena, les esperarán los profetas del neón, los deejays más celebres del mundo. Que cada año se reúnen en Ibiza para realizar un aquelarre, para locura de sus hordas de seguidores.

David Guetta, Carl Cox, Steve Aoki... Sus nombres son laureados y adorados en el mundo entero; representan a los 'ministros' de la nueva religión: la música electrónica. Un culto que en Ibiza congrega a decenas de miles de personas cada noche, bajo la promesa de que ''la vida es mejor a 140 pulsos por minuto''. Y, algo de cierto hay, porque nuestro cerebro se acompasa con la música, y cuando ésta supera las 130 pulsaciones por minuto, empieza a generar las místicas ondas theta.

Un funcionamiento cerebral que provoca una sensación de hipnotismo y consciencia acrecentada, que ayuda a inhibir el ritmo de pensamientos que soporta nuestro cerebro. O lo que es lo mismo: los procesos lógico-racionales de nuestra mente se cortocircuitan para dar paso a un sistema de percepción más meditativo. Así, que cuando los dj's suben a su tribuna; en realidad lo que están haciendo es producir un estado de trance colectivo, que cambiará brevemente las estructuras de pensamiento del público.

     Sven Vath en Cocoon de Amnesia, uno de los pesos pesados de la industria.

El orco, esa 'bestia' voraz
El orco es un determinado tipo de turista que parece dispuesto a fumarse toda la isla, como si cada calada, le acercará más al fondo de un torbellino. Es voraz. Y es muy común. Se trata de una especie, que pulula por los suburbios playeros y centros de ocio nocturno, pertrechado de un apetito de destrucción desmesurada, un buen garrafón y unas dosis generosas de drogaína. Su filosofía viajera es que cree que puede hacer lo que quiera porque ''es un turista y trae dinero a la isla''.

Su elevado estado de embriaguez constante, le produce dificultades en los procesos de habla y comunicación, rebajándolo a una bestia con muy malas pulgas. Que, contra todo pronóstico, puede caminar y moverse por la isla. Además de, intentar descabellados proyectos, como saltar a la piscina desde el tejado desu hotel (veáse balconnig), seguir conduciendo para ir de fiesta, después de haber perdido un brazo en una colisión. O sobrevivir varias semanas a base de vodka con zumo.

No se sabe mucho de esta especie que muda su traje de oficina por el de bestia durante cada temporada estival. Lo que si se sabe, es que rinden una pleitesía absoluta a los profetas del neón, y que siguen sus rayos distópicos allá por donde anden del mundo. No hace mucho, las madres ibicencas asustaban a sus hijos diciéndoles que si no se portaban bien, ''vendría el orco a darles la paliza''. Por que, eso sí, apenas pueden vocalizar, pero pueden hablar durante 7 u 8 horas seguidas.

   Un grupo de orcs al ataque en la guarida de San Antonio. Getty Images.
 

La isla hace el profeta, no el profeta a la isla
Hay un qué mágico entre los atardeceres calidoscópicos de Ibiza y sus acantilados recortados contra un mar de azules imposibles, que ningún magnate podrá consumir. Por mucho que esta isla se convierta en un gigantesco parque de atracciones, regido por los profetas del neón. Por mucho que los recursos hídricos (que ya peligran) y naturales sean centrifugados, nunca se conseguirá eliminar esa chispa de genialidad que contiene esta pequeña y cosmopolita isla perdida en el mediterráneo.

Por esas características, Ibiza se convirtió en un refugio para los artistas e intelectuales que escapaban del fantasma de la Segunda Guerra Mundial. Para los iconoclastas de la generación beat, los hippies venidos de todo el mundo y, posteriormente, para los amantes de la cultura clubber. Porque, en el fondo, se trata de un pequeño pedazo de occidente, perdido a medio camino de oriente, donde las leyes del viejo mundo se tambalean para dejar paso a una vida más genuina.

Ese es el magnetismo de una isla, que se ha convertido en el refugio de los deejays más famosos del mundo. En refugio de unos profetas del neón, que arrastan una miríada de peregrinos, dispuestos a olvidar (aunque sea momentáneamente) sus aflicciones cotidianas. Todo un templo de la buena vida, que navega sin descanso por aguas mediterráneas. Y que cuya luz parece igualar a todo el mundo, bajo una capa temporal de tranquilidad y buena onda. Hasta que el sonido del beat arranca.

     El islote de Es Vedrà, sin duda uno de los puntos clave de la isla. 

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