martes, 13 de octubre de 2015

Diario póstumo de una botella de Macallan en Ibiza


Las luces del amanecer se filtran a través de mis paredes ya transparentes. Y puedo percibirlo: es el final. Las olas me estrellan contra el lecho de la playa, haciéndome perder las últimas gotas de mi ambarina sangre. Sangre de malta. Que se perderá definitivamente cuando duerma con los peces. Sólo me quedará el recuerdo de mi primera y última noche de vida en Ibiza. Será el último trago de la vertiginosa y piscotrónica velada en la que me adentré en el templo de los profetas del neón.




Todo empezó con el apretón frenético que le dio a mi tapón un médico hindú, llamado Mohamas Ghorakpur, en pleno reservado de una conocida discoteca ibicenca. Delante de mí, baila Nadia; preciosa y lejana, danza en trance mientras su mirada se pierde en las llanuras de su Ucrania natal. El médico hindú sólo lleva dos copas y 1/2, y ya ha perdido completamente la razón. Me coge entre sus rechonchas manos y se lanza hacia la bailarina con la locura fulgurante de un adorador de Shiva.

El médico salta al escenario; Nadia escapa de su abrazo y la sustituye Radko que trabaja de segurata, pese a tener una condena pendiente en Bosnia. Caos. Descontrol. Se forman avalanchas en las salidas de la discoteca. Pronto, la gente se dará cuenta de que el aforo de la fiesta era mucho mayor del permitido (hasta diez veces; algo usual en las discotecas de Ibiza). Y luchará despavorida por su vida; mientras salgo despedida y veo como un alud humano recorre toda la pista de baile.



  Nadia observa atónita como echan al médico hindú a patadas del local.

Ya daba por perdida mi etílica existencia, cuando una mano proverbial me salva de la estampida.

Me escoltan a través de la dancefloor para dejarme con mucho cuidado en las cocinas. ''¿Viste men?, es una botella de Macallan casi nuevecita'', le espeta Play; 35 años; cocinero; venido de Punta del Este (Uruguay) a Yeison; 23 años; trabaja de friegaplatos 14 horas al día, pero vive con lo puesto para sustentar a su familia que vive en un pequeño pueblecito de Bolivía. Ambos se tomarán un trago lleno de salud y camaradería antes de que las alarmas de evacuación resuenen por doquier.

Poco sé de como acabó esa historia, ya que aparezco ya muy tocada en el boulevard de Platja d'en Bossa. Allí, rige la ley de los 40º: cuando el calor del ambiente se iguala con la graduación de los impronunciables garrafones que se agolpan a lo largo de todo el paseo y dejan 'cadáveres' a su paso. Uno de ellos, John Mader; 23 años; natural de Nuevo Gales; me descubrirá tras mirar durante casi dos horas a una pared en la que creía haber visto a su tía abuela.

Pese a todo, los restos de MDMA y Speed que agolpan por su sangre, le darán la fuerza sobrehumana para recogerme y encaminarse tambaleando hacia las humeantes escaleras del strip bar La Dalia Negra. No lo tendrá fácil: por el camino, un moldavo con aspecto de buen samaritano le robará la cartera mientras finge ayudarle. Y acabará sentado en un taxi 'pirata' con un ojo morado, sin cartera ni documentos. Sin embargo, llegará y conseguirá meterme en este humeante local.

     Las escaleras de la Dalia Negra caían en picado hacia un vaporoso sótano.
  
A fuera el ambiente es desolador: sólo quedan algunos borrachuzos y una patrulla de la local que se dedica a acosar a las prostitutas que todavía no se han marchado. Pero, dentro... John se aferra a mí como si la tinta de mi etiqueta pudiese galvanizar sus sufrimientos; mientras la eterna melena negra de  Mei-Mei; 28 años; Bangkok (Tailandia); quiebra la mente de un  tipo enclenque, absorbido por un sofá rojo de terciopelo. Acabo de entar en uno de los refugios de los muchachos de la mafia.

En la sinuosa penumbra del local cohabitan malechores de todo el globo. Mis cristales están empañados por el humo de las shishas. Pero, aún así, consigo distinguir a los hermanos Morioskoff de 36 y 39 años, respectivamente, que proceden de Novosibirsk (Rusia) y controlan la mayoría de locales de alterne del puerto. Su tarjeta de visita, en la piel: estrellas de siete puntas tatuadas en las claviculas que indican que probablemente sean altos cargos de la Bratva (mafia rusa) en la isla.

John, por su parte, necesita 'gasolina' para aguantar y tomar el vuelo de vuelta a casa, así que toma un buen trago de mi sangre de malta y sale al exterior en busca de algún pequeño camello. A fuera, las luces del alba perfilan una ciudad agrietada por la luz, y en la lejanía un sereno mar de color mercurio. Pero, estaba en lo cierto. Allí espera como siempre el calvete y amigable, Ludo; uno de los tentáculos  de la Cosa Nostra que riega de gramos de farlopa las esquinas del área.

     Mei-Mei baila solitariamente los acordes de la última canción de la noche.

Tras la tercera raya, John se olvida de mi envoltorio escocés y me deja varada y casi vacía en las escaleras de un descarcarillado complejo de apartamentos turísticos. Desde mi peldaño, escucho una fusión de música atroz y gritos anglosajones; cuando, de repente, veo saltar a un tipo desde el balcón de su habitación en el tercer piso con la intención de saltar a la piscina. Llegará a conseguirlo. Pero no su amigo que venía detrás y que volverá a Leeds  con una cadera protésica.

La  luz fulgurante de la mañana ibicenca atraviesa ya mis cristales y me doy cuenta de que sólo quedan un trago entre mis paredes. ''Esto es el final'', me digo. ''The last shot''. Cuando entre el sonido apelmazado que dejan las hamacas al colonizar la playa, escucho el estridente sonido de una motillo de escasa cilindrada. Pasa junto a mí, y veo cómo se dirige a la puerta trasera de una de los antros del malecón. Es un repartidor de comida a domicilio en su última ronda de la noche.

   
   No veo mejor momento para dar el último trago que en este amanecer.
    
Le veo intentar encender su moto sin éxito. Tras varias patadas a la patilla de arranque sin éxito, se baja de su corcel metálico y emprende la vuelta a pie. Se trata de Geronimo Mestre; 25 años; licenciado universitario y pluriemplado. Se sienta en el espigón del muelle y con mirada cansada se sirve el último trago. Justo en ese momento pasa Hakim Gilani; 55 años; antiguo profesor de Química en la universidad de afgana de Mosul que viven en Ibiza desde la guerra afgano-soviética.

Sus miradas se cruzan un instante. Mientras el repartidor disfruta de su trago, Gilani pasa armoniosamente la escoba, esforzándose en cada brazada para que la playa no parezca un obituario de plástico y licor barato. El repartidor se marcha, y yo me quedo allí, sola y vacía atendiendo a las primeras luces de un amanecer rojizo que parece penetrar hasta la médula de las praderas de Posidonia oceánica que renuevan incesantemente las aguas de la isla y le dan su textura cristalina.

El barrendero afgano acaba su trabajo y me echa un vistazo. Estoy sola, y soy la última botella que falta por eliminar de una playa ya pulcra. Temo que mi destino será acabar en el vertedero, y con suerte me reciclarán acabaré reencarnándome en un jarrón. Pero en lugar de eso, me recoge y me tira al mar sereno de la mañana. ''Descansa en el blues'', oigo que le dice. ''Un brandy de esta calidad no puede perderse en los vericuetos de un vertedero común''.

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