jueves, 30 de junio de 2016

El tobogán más alto del sur

Todas las grandes cosas nacen con una idea absolutamente loca que se le ocurre a una persona absolutamente decidida a cumplirla. Y todas las grandes cosas llevan tras de sí una increíble mezcla de ilusión, inocencia y trabajo a quemarropa. Poco me acordaba yo de lo que eran las utopías, cuando entré en un taxi de Quillabamba en compañía de cuatro peruanos y una caja de estridentes polluelos. Nadie podría decirme que un día después estaría sumido en los albores de una jungla, recolectando rocas para construir el tobogán más alto del mundo; o cuanto menos, de latinoamérica.


El plan surgió entre curvas andinas: al alba, iría a conocer el trabajo en una Chakra (pequeño minifundio andino) de la mano de mi interlocutor; un peruano llamado Raúl Araníbar con el que había entablado conversación durante el trayecto. Todavía se divisaban las estrellas desde las mismas montañas desde las cuales los incas habían diseccionado el firmamento, cuando entré en una húmeda vereda llena de cafetales, bananos y mariposas gigantes. Llegaba al auténtico Perú.


Realismo mágico en Santa Teresa
Durante el camino, mi nuevo guía me fue narrando como según las leyendas de la zona, todavía quedaba por descubrir el asentamiento perdido del Vaya Pichu (que acompañaría al Machu y Huayna Pichu). O cómo antes de la dictadura de Velasco, todo ese extenso territorio de montañas nubladas pertenecía a un sólo hacendado. Resultaba que el pequeño e inocente pueblecito, donde me había afincado durante unos días, había sido el corazón de la lucha agraria de la región durante los 50's.


El recorrido del tobogán partía de un despeñadero lleno de socas de increíble tamaño.  

Y sin embargo, nada de todo esto resultó tan sorprendente como que el Sr. Araníbar me narrara que allí mismo iban a construir uno de los toboganes más altos del mundo. Yo, incrédulo, solo podía ver la caída labrada de una sierra, salpicada de eucaliptos, grandes aguacateros, y toneladas de vegetación que se adentraba en las alturas de unas imponentes montañas. Desde las cuales, retumban los potentes ecos de la cultura inca y su amor por la Tierra y su vida, la 'Pachamama'.


El quechua construye fuerte
Poco después de agarrar pico y pala (intentando convencerme del asunto), me puse a las órdenes del maestro Jaime Catacora; un astuto y ágil constructor entorno al cual siempre gravitaban grandes rocas que iba dirigiendo cual maestro de los puzzles. Él sería el encargado de anclar el tobogán en un desfiladero, que más se parecía a un peligroso barranco que a un futurible anclaje. Algo que no evitaba que deambulara tranquilamente por él, como si fuera el paseo marítimo de Lima.


En la cultura constructiva del área, se utilizan todos los elementos que puede proveer la naturaleza.  

Y es que hay algo es esta gente, en su manera de moverse por las montañas, que hace justicia a la pericia de sus antepasados. El increíble caso del tobogán es un ejemplo. ¿A quién se le ocurriría construir un proyecto tan gigantesco en la antesala de la jungla? ¿A quién se le ocurriría aposentar parte del proyecto en pesadas piedras traídas a propósito desde el río cercano? Nada parece imposible en esta tierra tallada en una belleza primigenia propia de las primeras edades del mundo.

Ojos verdes de coca
Tras poner a prueba mi cuerpo, entre las risas socarronas de mis compañeros de trabajo, durante largas jornadas transportando piedras del río, soy invitado a pishar (mascar) coca. Pocas horas después,  empezaría a entender el valor de esta planta en el mundo andino. Mientras el dolor de mi cuerpo parecía adormecerse, mi mente empezaba a ganar determinación. Las arduas labores ya no me parecían tan extenuantes y me sentía acompañado por un aliado verde, situado tras mis pupilas.

      
     La cultura de duro trabajo de la región encuentra en esta planta ancestral a un gran aliado. 

La hoja de coca ha sido reverenciada desde hace miles de años por los habitantes andinos y parte de sus vecinos amazónicos. El acto de compartirla y consumirla con otros es un hito fundamental en  su cultura popular. Y no es para menos: además de ser un ligero estimulante, es un remedio natural para decenas de males. No es de extrañar, que su uso esté revestido de un velo de admiración y respeto por aquellas comunidades que se benefician de su multitud de aplicaciones.

El tobogán más alto del sur
Cada vez que levantaba los ojos, lo veía: un promontorio escarpado, que precedía a una sierra que se perdía entre la niebla. Allí, se iba a intentar levantar uno de los toboganes más altos del mundo. Allí a miles de kilómetros de todo lo me que habían hecho reverenciar como técnica, progreso y 'bienestar', iban a construir uno de las rampas acuáticas más grandes de la Tierra. Una parte de mí, se resistía a creerlo, pero otra sabía que su ilusión y decisión lo iban a conseguir. O eso esperaba.


En una carpa cercana al bosque, se manufacturaba el que estaba llamado a ser uno de los 'más grandes'.

La obra avanzaba sin un ingeniero mecánico que aportara la certeza de que se iba a conseguir. La cabeza visible tras los cálculos de física era un afable ingeniero petroquímico de la localidad norteña de Trujillo, Guillermo Amaya, que se encargaba de fabricar el esqueleto de la 'bestia'. Y que se paseaba con sombrero de cowboy, entre los fuegos que se levantaban para limpiar la maleza, escrutando el terreno con semblante preocupado. No había medios más medios para asegurar el tiro.

Notas de café fresco
En la construcción de éste, uno de  los toboganes más altos del mundo, siempre había un transistor encendido. Una pequeña radio que filtraba la convulsa vida del Perú entre los bosques de cafetales. Muchos de los trabajadores, como los chisposos hermanos Carcasi que venían de la región montañosa de Puno, se recostaban a comer escuchando tristes baladas folclóricas o las últimas novedades electorales. ¿Qué candidato les tendría realmente en cuenta? Esa era la gran pregunta.



     El tobogán caerá en picado desde la montaña, entre cultivos de café y grandes eucaliptus.   


Y sin embargo, pese a la corrupción de las élites y su desconexión del mundo andino. Los pueblos y ciudades de la región del Cuzco presentan una fuerte cultura política. Una red de asociacionismo cooperativista, que busca la fuerza del bloque para colocar sus productos en un mercado interno mecido por el microcomercio y la falta de oportunidades para la exportación. Una verdadero handicap para una tierra que respira en café, cacao, aguacates, papayas y en mil productos más.

Las mil caras de un Perú adverso
La obra de uno de los toboganes más altos del mundo también tenía mil caras como el Perú. Mil realidades esculpidas en playa, desierto, montaña o selva, que convertían a sus trabajadores en una pequeña y humilde muestra de la gran variedad del país. Menudas realidades. No sólo eran los seriales casos de, violencia e inseguridad, que vivía el país a través de los noticieros. Eran historias reales, de personajes que habían tenido que tallar su propia vida en circunstancias bastante adversas.


  En la bella tierra del Perú, la supervivencia no es fácil y exige un trabajo constante.    


Así, conocí historias como la de César Augusto Cuizquiribán, que había sobrevivido a una fuga de gas en una mina, gracias a que ''ese contratista si daba máscaras apropiadas para un escape''. Algo que cuenta, no siempre se cumple y puede resultar mortal. O las vivencias del pequeño de los hermanos Cascari, Pedro, que con apenas diecisiete años, ya le habían puesto una pistola en la cabeza, y había sobrevivido al ataque de un rayo. Decían que eso último, le convertiría en un lúcido chamán.

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