jueves, 27 de octubre de 2016

Nos están hackeando el body

Un hombre camina solo por un pasadizo débilmente iluminado; a su paso, las luces de los anuncios se van prendiendo, dejando un rastro infinito de escaparates penetrantes. El hombre no lo sabe, pero su mente está siendo levemente programada. Y así será, día tras día, hasta que sus deseos y su conducta no nazcan del abrigo de su consciencia, sino del patrón que un 'gusano' ha ido creando mientras se abría paso a través de las capas de su cerebro. Allí, creará un camino o red de información que influirá considerablemente en sus deseos vitales.




Al igual que las computadoras, los humanos somos mecanismos pogramables: utilizamos rutinas cognitivas para desenvolvernos en un entorno complejo. Somos máquinas biológicas. Repetimos una y otra vez los mismos esquemas para entender el mundo y manejarnos en él. El problema llega cuando nos van introduciendo toneladas de información No deseada en algún lugar remoto lugar de nuestro cráneo, a medio camino entre nuestra indefensión y nuestra pereza. En un hueco destinado a llenar nuestro sentimiento de cohesión y grupo. ¿Pero quién crea esos mapas mentales?¿Qué nivel de interés y de pericia pueden llegar a tener? Admitámoslo: estamos siendo hackeados.

El poder de la marcas
En un mundo donde el mercado es Dios, las marcas son sus apóstoles; sus santos patrones dispuestos a propagar su evangelio: lo que tienes, es lo que vales. Esta máxima tiene un último fin: mantenernos distraídos y en constante producción. Robots. Seres que están siempre pendientes de la última novedad sin plantearse a dónde llevará todo un esfuerzo que está acabando con nuestro planeta. En menor o mayor grado, todos somos maleables a este condicionamiento. Y una vez se entra dentro de la rueda, es extremadamente difícil escapar a su inercia.


          El poder de las marcas es tan grande que sobrepasa al de muchos estados.

Con la llegada del Big data (grandes vólumenes de información) las marcas han mutado y se han convertido en seres hibridos. Ya no son solamente el estandard de lo 'bueno', lo 'popular' o lo 'deseable'; ahora son, en parte, el reflejo de nosotros mismos. De lo que buscamos, de las experiencias que vivimos y transmitimos a través de las redes. Las marcas se están adaptando a nuestras personalidades y conviertiendose en un molde sedoso de nuestras proyecciones. Y pasarán a ser parte de nuestro microcosmos, como un invitado familiar en nuestro mundo al que nutriremos con esfuerzo.

El auge del transhumanismo
La tecnología actual está a unas cuantas actualizaciones de desarrollar dispositivos que lean la mente. Ya hay artefactos que permiten capturar el pensamiento y redactar el diálogo interno. Investigadores del Centro Nacional de Neurotecnología Adaptativa de Nueva York han desarrollado unos electrodos que mapean las zonas del cerebro que se activan mientras hablamos. Para, después, realizar un diccionario neuronal que les permite traducir las señales en texto. Lo que significa que el artilugio podrá 'leer' los pensamientos de los pacientes y alfabetizarlos en una simple hoja de word. Pero, ¡atención! también se han desarrollado modelos inalámbricos (sin electrodos) gracias a la tecnología BCI.


Diversas empresas de videojuegos utilizan dispositivos de biohacking para estudiar las respuestas de los jugadores.

Las Brain Computer Interfaces son pequeñas máquinas que permiten leer las ondas cerebrales y transmitir su intención a una pantalla. Se utilizan, sobre todo, en el campo de los videojuegos para interactuar sin manos con la consola. Novedades interesantes están llegando también al campo de la estimulación cerebral. Gracias a electródos colocados en la matería gris se está logrando inducir un estado de hiperconcentración al estilo Matrix. ¿Ciencia ficción? En absoluto. En Estados Unidos ya hay una fuerte comunidad de Transhumanistas, que bajo el lema de "El cuerpo es genial, pero puede ser mejorado" está empezando a autoimplantarse chips. Su rito de iniciación: instalar al neófito un chip NFC en la mano (Near Field Comunication) para que pueda abrir su casa, el coche o el móvil.

Llega el mundo de la biopiratería
Llega el mundo de la biopiratería; un culto que hasta ahora solo había estado al alcance de grandes corporaciones y locos científicos underground. Se ha democratizado gracias a la tecnología PCR ("Reacción en Cadena de la Polimerasa"). Una técnica basada en el procedimiento de la electoforesis en gel, que permite (a muy bajo costo) aislar, aumentar y crackear cadenas de ADN. Ahora, cualquiera puede comprar un aparato, que utilice esta tecnología, por menos de 1.000 dólares. O incluso, construirselo en casa. La biopiratería ha llegado para quedarse en nosotros.



Gatos clonados fosforescentes, la locura de un grupo de científicos surcoreanos.

Si las virguerías que están haciendo los biohackers caseros te impresionan, espera a ver lo que están haciendo los grandes pesos internacionales. Estudiantes chinos ya están clonando embriones humanos para criar niños más resistentes a las enfermedades. Científicos coreanos han clonado gatos mutantes que son fosforescentes por la noche (sí es loquíssimo). Y, por si fuera poco, un científico américano ha querido solventar el déficit industrial de hilo de araña (utilizado en la elaboración de materiales hiperresistentes como el kevlar), modificando cabras con genes de arañas. Lo peor es que, aparantemente, funciona y las cabras dan leche con telarañas.

La soledad del bit 
Paradójicamente, el espacio público, en el mundo occidental, se está desplazado de las calles a las pantallas. En un desfile que nos hace olvidar, que ya no nos reunimos bajo el paraguas de un lugar conocido, sino bajo la sombra de una gran corporación. Con la inminente llegada de la realidad virtual, veremos acentuado este fenómeno hasta difíciles de imaginar. "La cibercomunidad naciente encuentra refugio en la realidad virtual, mientras las ciudades tienden a convertirse en inmensos desiertos llenos de gente, donde cada uno vela por sus santo y está cada cual velando por su brujería". Así, definía Eduardo Galeano, la inherente soledad que siempre lleva adjunto el mundo virtual.


El artista neoyorkino, Moby, se quejaba de esta realidad digitalizada en su último trabajo.

Filósofos y eruditos advierten que uno de los mayores peligros de la revolución virtual que se avecina será el "peligro de adicción" a un mundo vivido y aterciopelado alejado de las dificultades de la realidad. Un entorno 'ideal'. Un mundo que amueblaremos con el contenido de nuestras propias mentes lejos de las leyes físicas de este. Y que será el entorno en el que disfrutemos de una soledad de 'oro'. Pero, también, será una herramienta maravillosa: nos permitirá asistir a clases virtuales, tener encuentros salvando grandes distancias o 'viajar' hasta los lugares más inaccesibles. Dependerá del uso que le demos. Lo que significa que problablemente acabe mal.

¡Recuerda que te llegarán nuestras historias automáticamente si nos sigues en Facebook o Twitter!

Más historias apocalípticas en:
- Cómo debería configurarse el espacio público
- El petrolazo acaba saliendo caro
- Los ríos del futuro cotizarán en suculentos 'petrodólares'
- 10 consecuencias muy cercanas del cambio climático

No hay comentarios:

Publicar un comentario