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martes, 10 de diciembre de 2019

Un desierto de basura en medio del Amazonas

En pleno corazón de la Amazonía existe una área devastada por la minería ilegal que está emanando mercurio y metales pesados a una velocidad fulgurante. Se trata de la provincia de Madre de Dios, que fue, una vez, el corazón de una selva prístina donde habitaban grupos indígenas como los Huachipaeri, los Amarakaeri o los Toyeri, quienes sufrieron la fiebre del caucho y ahora desaparecen tras la pujante subida del oro en la última década. La proliferación de la minería ilegal ha hecho escalar al país andino hasta el 6º lugar en la tabla de países productores de oro. 


En la provincia selvática de Madre de Dios más de 50.000 mineros ilegales excavan su sustento en el lecho del río Madre de Dios, bautizado por el inca Tupac Yupanqui como Amyramayo (el río serpiente). Provienen de las vecinas regiones de Puno, Arequipa o Cuzco y están abriendo una 'zona cero' en el corazón de la selva peruana. El tristemente llamado "Dorado de los pobres" se ha convertido en un Babel de asentamientos mineros donde raramente se atreve a entrar el ejército peruano. Una cicatriz en el corazón de la selva que emite más de 180 toneladas de mercurio al aire, el agua y a la tierra.


Una cicatriz en el corazón de la selva
El bosque más rico en el sur de Perú está atravesado por una cicatriz desierta que parece como si el planeta se fuera a abrir en dos. A un lado de la herida, está la Reserva Nacional de Tambopata; uno de las áreas biológicas más diversas del mundo. Al otro lado, los últimos vestigios de selva al filo de la frontera peruana. En medio de esas dos areas hay un gigantesco boquete donde no hay árboles, ni ríos, solo camionetas y fétidas lagunas. Es el campo minero de La Pampa, la explotación ilegal minera más grande de Perú. Este es el epicentro de una nueva fiebre del oro que está devastando a la Amazonía.


      

         Enclaustrado entre la frontera de Perú y Bolivia se encuentra el campo de la Pampa.
  
Según un reportaje del Proyecto de Monitoreo de la Amazonía Andina, la minería en Madre de Dios acabó el año pasado con 9000 hectáreas; el equivalente a 12.500 campos de fútbol. La cifra es la más alta desde 1985. Solo un año antes, la extracción ilegal de oro había acabado con otras 9160 hectáreas. El problema se agrava más si tenemos en cuenta que la mayoría de pequeños mineros no utilizan bombas de presión para dragar el agua y llegar hasta el substrato aurífero. Eso remueve las primeras capas del lecho del río donde se almacenan los nutrientes y se generan los primeros compases de la biodiversidad.

Érase una vez en Madre de Dios
El clima en la provincia de Madre de Dios está tomando el cáliz de un western moderno. Las comunidades de mineros han creado un reguero de asentamientos cuyas capitales son los pueblos mineros de Huichacote y La Pampa. Por si fuera poco, hay polvo de cocaína en el aire. El vecino Parque Nacional Bahuaja Sonene, en el límite entre las provincias de  Puno y Madre de Dios, que son utilizadas por clanes de narcotraficantes y con los que se transporta polvo procesado en los laboratorios ilegales dentro de la misma área protegida.


              
                 La ausencia de cuerpos de la ley y la ‘fiebre del oro’ disparán los crímenes.

La otra cara brutal de los campos mineros es la prostitución. Es brutal. La trata de personas se ha convertido en un problema de salud pública en la región; muchas de las cuales llegan atraídas con promesas de trabajo y prosperidad. Muchas mujeres y niñas tienen un espeluznante final, obligadas a trabajar en bares y prostíbulo, sitios a los que frecuentemente van mineros. Muchas son asesinadas al intentar escapar. Una triste realida que impulsa el mercado del oro, al alza brutal desde la última crisis económica.



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