lunes, 22 de septiembre de 2014

Como Bélgica conquistó el Congo, lo desangró ( y encima quería hacerlo pasar por una acción altruista y caritativa)


Chomsky decía que muchos estados, desde el Imperio romano, se vestían con una aura de benevolencia y altruismo cuando querían conquistar otro país para camuflar sus salvajadas y encima quedar bien. El académico estadounidense apuntaba, muy sagazmente, que la mayoría de estados invasores, llevan repitiendo casi dos milenios las mismas historias: qué si van a llevar al progreso al país conquistado, liberarlo de sus opresores, llevar la civilización etc.. etc.. Ese fue, también, el caso del estado que llevó a cabo uno de los crímenes más sanguinarios que la humanidad ha conocido: hablo del genocidio del Congo; de los entre 5 y 10 millones de personas que se calcula murieron a manos de los belgas durante la 'estancia' de este país europeo en las verdes laderas centroafricanas que abrigan al rio Congo, que le dio el nombre al país. 

       El dominio belga del Congo fue una de los actos más oscuros de la humanidad. 

A mediados del siglo XIX, Leopoldo II, rey de Bélgica, mandó emisarios por todo el mundo para comprar o hacerse tierras que le dieran dinerito y le permitieran formar una colonia como las que tenían la mayoría de monarcas europeos. Uno de estos ávidos investigadores, era el célebre Morton Stanley,tipo sanguinario donde los haya, que no dudaba en fusilar a las tribus que entorpecían su avance por las selvas de todo el mundo. Stanley convenció la monarca belga para que le financiase su expedición a las fuentes del Río Congo, que nadie había encontrado hasta el momento. Él a cambio, y por un montón de pasta además, convencería a los jefes de las tribus centroafricanas que vivían en las estribaciones del río, que firmaran los contratos en los que cedían sus territorios y su mano de obra al país Belga. Suena difícil – y lo es–, pero Stanley, mediante regalitos y engaños, consiguió que muchos patriarcas de las tribus, que vivían en la zona, firmaran contratos que no entendían, pero que acabarían totalmente con la vida tal y como la habían conocido. Como resultado de ese engaño, Leopoldo II consiguió hacerse con grandes extensiones de tierra, que le dieron la oportunidad de crearse su propio estado-empresa, y lo llamó, irónicamente, Estado Libre del Congo.

La fama, bien merecida, de crueldad acompaño a Stanley durante toda su carrera de explorador en África.
  
No contento con ganar un país con un timo de manual, Leopoldo II, quiso tirarse el rollo por los barrocos salones de la europa del diecinueve y presentar su futuro proyecto de país, como un acto caritativo, una iniciativa altruista para llevar el desarrollo, el libre comercio y la cristiandad a los habitantes de África. Nada más lejos de la realidad. Empezó por enviar a un ejército privado, la llamada Fuerza Pública, para que hiciese valer los engañosos contratos que ignorantemente habían firmado los líderes tribales. Allí, se desató la locura: los indígenas, sorprendidos y perplejos, no querían ceder sus tierras, ni su mano de obra, a esos blanquitos que habían venido con regalos, pero que ahora volvían armados hasta los dientes.

            Dos blanquitos, llevados a volandas por trabajadores congoleños. 
 
Leopoldo II, no lo dudo, y puso en marcha una campaña de asesinatos, torturas, matanzas, violaciones, y demás que galvanizaron toda la resistencia de los nativos. En el río Congo, como escenario vertebral de la acción, que más tarde retrataría Joseph Conrad en El corazón de las Tinieblas, se establecieron estaciones alrededor del río, en la que los nativos eran forzados a trabajar, en la recogida del látex – que se había vuelto muy popular para hacer caucho para las ruedas de los coches–, y en empresas como el tendido de redes ferroviales y lo obtención de marfil.

Si los habitantes de las tierras que había comprado Leopoldo II, se negaban a hacer lo que el quería, su ejercito privado, llevaba a cabo tremendas masacres .A quienes desertaban les cortaban los labios. La amputación de extremidades o la decapitación eran practicas habituales para 'castigar' a aquellos que se negaban a trabajar en el demente plan que le llevo a ser uno de los hombres más ricos del mundo. Cuando llegaban a las aldeas los representantes de las empresas para reclutar trabajadores para el caucho, muchos huían y se escondían en la selva. Para evitar quedarse sin mano de obra, idearon las llamadas "Maison d´Otages", que significa Casa de rehenes en francés, donde se llevaba a las mujeres y niños de los poblados y las mantenían secuestradas hasta que los trabajadores cumplían su cuota. La avidez era la regla. Los encargados de las estaciones donde se pesaba el caucho, solían trucar las balanzas para sacarse también su pellizco y los nativos vivían en un estado perpetuo de esclavitud. Paradójicamente, los trabajadores tenían que cobrar un sueldo que nunca veían, ya que a éste, le restaban el alquiler de las herramientas que los recolectores utilizaban durante sus trabajos forzados.

           El comercio de marfil hizo increíblemente rico al rey Leopoldo II. 

Durante dos décadas(1884-1904),  este sistema convirtió a Leopoldo II en uno de los hombres más ricos del planeta. El estaba detrás de casi todas las empresas que explotaban al recién creado país, que más que un estado era una gran fábrica de látex y marfil, perdida en las entrañas de un continente olvidado. Pero todo acaba tarde o temprano, saliendo a la luz – o eso nos gustaría creer – y la voz de sus fechorías y las de su ejército privado, se fue corriendo gracias a la obra de escritores como Joseph Conrad o Mark Twain, o diplomáticos como Roger Casament, cuya vida a retratado Vargas Llosa en su novela El Sueño del Celta, y que denunciaron y rescataron del olvido a estas inocentes víctimas del colonialismo europeo. 

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1 comentario:

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